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15 de marzo de 2004

Rostros por las calles

Hace no más de cinco minutos descendía del camión pensando en escribir esto. Aunque no tenía una idea clara de cómo comenzaría escribir esta entrada, ya que es una idea íntima, común pero oculta, que debe ser adaptada ante las obtusas miradas ajenas.

Una cabellera rosada de no más de 25 años, con un diamante (o eso parecía) incrustado en el costado izquierdo de su nariz con ojos castaños y cutis alba me dijo sin hablarme su melancolía. Y pensé en sus momentos de social intimidad o en su presente cautiverio humano.

Veo rostros por las calles. He visto muchos. Algunos pasan desapercibidos en su silencio. Otros sobresalen, aclaman resolver un misterio no solicitado. Rostros que mutan dependiendo del espacio/tiempo, circunstacia. Rostros que alternan actos entre un personaje y otro, caras y gestos inducidos o espontáneos.

He visto móviles discursos contra el pasivo viento. Son los que más me sorpreden. Los más auténticos y originales. Pero si afirmo esto despreciaría a los demás rostros que también son auténticos en la urbe, cuando caminan solitarios.

Gente que ríe sola, personas con la mirada al cielo, sujetos que elevan la indiferencia al suelo. Los auténticos rostros que muchas veces sólo comulgan en la polis (lugar creado en la antiguedad para convivir entre ciudadanos) que rehúsan ser mostrados en la otra intimidad. Rostros que imaginan o sueñan, que no digieren la realidad. Rostros auténticos que aprendieron a alterarse en máscaras despreciables.

Rostros, bellos rostros, lúcidos rostros, tristes rostros, rostros varios, máscaras alegres, máscaras ingenuas, caretas, antifaces, velos, disfraces, nada.

Pero ella no lo necesitaba. Su rostro hablaba y decía, ahora lejanas, señales auténticas que me motivan a escribir. Y no sé si mis ojos tendrán gafas parapéticas o mi voluntad flutcúe, entre la verdad, entre la nada.

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