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19 de octubre de 2004

El mito de Sísifo

Albert Camus

Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante,según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.

Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.

Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.

Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia.

¿ En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.

Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de mas. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.

Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe.

Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: "A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien". El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroismo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. " Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos...?". Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. " Juzgo que todo está bien", dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado.

Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles.

Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.

En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Lamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.

Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

****
Transcripción de Marcelo Zamora para todos los mortales que se animen a pagar el precio de un destino, quizás trágico, pero propio. 16-5-98. Rosario, Argentina.

16 de octubre de 2004

En un sentido abstracto, dejar que la música hable por ti

Y tal vez así, sin letra, sin coro, entenderíamos el significado de la pobreza y de la guerra, porque una persona que vive esas circunstancias, nos hablaría directamente al alma, porque lo que nuestros ojos costumbristas omiten, podría ser escuchado por nuestros oídos. ¿Y si no articularamos sílabas, sino dulces, tristes, espectantes, desesperadas melodías íntimamente ligadas a las neuronas, nervios cerebrales, pensamientos metafísicos para poder así atender lo que ya no podemos, acaso no queremos ver...?

El ciego, el sordo, el mudo o los tres en la misma persona; el espíritu de la poesía no es impropio en ustedes. La vida se le presenta al frío montañés como sol, se le presenta al pescador como atún, al hombre del desierto como agua de oasis. La vida se presentará ante aquel que necesite de vida y no ante aquel ser humano que no necesite de ella, porque el agua, el sol o el pez como el atún serán objetos sin causa ni origen. Es el que sufre la ausencia de vida, el que necesita de ella.

Los síntomas se presentan, comienzan como breves espamos, tenues mareos, inestable balance cotidiano. Pero es hasta cuando uno enferma por completo, cuando sabe que existe la antonimia. Lo mismo sucede cuando ocurre lo contrario, cuando se vislumbra la felicidad del alma. La vida es multifacética y se muestra a cada quien en la forma adecuada y descifrable a su momento, invitandos a adentrarnos en ella. La pobreza y la guerra privan a los hombres y mujeres de esa búsqueda. Hasta todo un sujeto colectivo donde la tranquilidad yace aparentemente.

La vida llama a la vida. El sentido continuo de esta viene después, en lo concreto.
La vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha.
José Ortega y Gasset.

15 de octubre de 2004

La aproximación imposible mediante la felicidad imperfecta

Hoy escribiré el título de esta entrada cuando termine de escribirla. El lector final no verá diferencia alguna, pero a veces estos señalimientos ayudan a la mejor lectura.

Fui demasiado condecendiente con Salavin. Tal vez quedé hechizado sus palabras, tal vez quería ver algo potencialmente bueno en aquello. Tal vez él no quiso decidir y dejó que otros decidieran por él. Tal vez ya no sé cómo leer a un personaje como este. Tal vez es tan sencillo que tengo la respuesta frente a mi nariz. Tal vez dentro de ella. En mí. O no, quizás yo no deba formar parte en aquello.

¿Pero es Salavin tan raro? ¿Es un autómata? ¿Cómo quiere lograr su felicidad? ¿Qué es la felicidad para él? ¿El sentido de la vida?

Probablemente caminé por el hilo más delgado de la novela, por el callejón más estrecho, no supe cómo salvarlo... cuando no tenía salvación desde un principio... ¿Y si no necesita de mí ni de nadie? Pero a alguien que lo escuche sí, eso es seguro. ¿Pero quién quiere escuchar a alguien que dicen, no tiene nada de genio, ni de artista? Que parece más pícaro que otra cosa. ¿Y si explico todo con intertextos? ¡Ya debería tener salidas fáciles, es octavo semestre!

Acabo de encontrar el texto de Georges Duhamel en francés. Lo he enviado a mis compañeros de clase, los que se encuentran registrados en el grupo de yahoo, para que los que entienden el francés, le den una repasada. Entre los textos que estoy viendo se encuentra también La Divina Comedia, y recordé la primera frase en ella:

Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura che' la diritta via era smarrita."A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva obscura por haberme apartado del camino recto."

Confesión de media noche no comienza de esta manera pero algo tiene de esta frase. Pero en estos tiempos posmodernos, quién sabe lo que se pueda interpretar por camino recto. Creo que no hay uno solo. En cada texto los autores hacen eso, escribir al ser humano desde un particular punto de vista, desde una particular situación. Situaciones particularmente comunes.

Tal vez Salavin es como el teniente Gustl. Pero este último no tiene una mínima intención de aprender de lo experimentado. Cosa que por el contrario, creo que ver con Salavin. ¿A dónde encamina sus esfuerzos? ¿No debe causarnos compasión en vez de desprecio jerárquico su situación social? ¿No debemos ayudarle en vez de juzgarlo de muñeco mecánico? No es nuestra responsabilidad hacerlo, claro...

Bueno, es un texto. Uno de esos con final abierto. El texto aportará algunos indicios para resolver este caso. Un caso que pudiera no tener respuesta inmediata y que a una persona como Juan José Arreola lo impulso a escribir y seguir escribiendo (Apuntes de Arreola en Zapotlán, 2004).

¿Cuándo termina uno de escribir, o al menos de comentar lo que piensa (escribiendo o hablando)?

No acaba nunca hasta que acabo Todo para uno. ¿Y uno que hace ante tales circunstancias? Humildemente esperar a leer Diario de un aspirante a Santo. O cualquier otra obra que me acerque más a mí, gracias a ustedes. La aproximación imposible mediante la felicidad imperfecta.

12 de octubre de 2004

La existencia de los hubieras...

El hubiera no existe. Esto es algo que escuchamos desde la infancia, muchas veces para apaciguar y calmar simples tormentos o enormes errores temporales. Poner los pies en la tierra diría alguién, como si estos flotaran entre los árboles o edificios cada vez que el antepretérito del subjuntivo es pronunciado. Como si no pudieramos recrear otro mundo con sus propios sistemas y leyes naturales, como si la improbabilidad no existiera, al menos en el mismo lugar donde nuestros pensamientos habitan.

Presencias reales que habitan y cambian a los microcosmos. La voluntad de ser mejor en lo concreto, más allá de lo interpersonal, aquí.

I
Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.
If all time is eternally present
All time is unredeemable.
What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
What might have been and what has been
Point to one end, which is always present.
Footfalls echo in the memory
Down the passage which we did not take
Towards the door we never opened
Into the rose-garden. My words echo
Thus, in your mind.
But to what purpose
Disturbing the dust on a bowl of rose-leaves
I do not know.
Other echoes
Inhabit the garden. Shall we follow?
Quick, said the bird, find them, find them,
Round the corner. Through the first gate,
Into our first world, shall we follow
The deception of the thrush? Into our first world.
There they were, dignified, invisible,
Moving without pressure, over the dead leaves,
In the autumn heat, through the vibrant air,
And the bird called, in response to
The unheard music hidden in the shrubbery,
And the unseen eyebeam crossed, for the roses
Had the look of flowers that are looked at.
There they were as our guests, accepted and accepting.
So we moved, and they, in a formal pattern,
Along the empty alley, into the box circle,
To look down into the drained pool.
Dry the pool, dry concrete, brown edged,
And the pool was filled with water out of sunlight,
And the lotos rose, quietly, quietly,
The surface glittered out of heart of light,
And they were behind us, reflected in the pool.
Then a cloud passed, and the pool was empty.
Go, said the bird, for the leaves were full of children,
Hidden excitedly, containing laughter.
Go, go, go, said the bird: human kind
Cannot bear very much reality.
Time past and time future
What might have been and what has been
Point to one end, which is always present.

[Four Quartets 1: Burnt Norton].

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