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7 de febrero de 2006

Las rodillas mugrosas

Busco una foto en Internet. Un color, un trazo del tiempo que pueda unir y entrelazar para poder recrear lo que un día puede decir en una entrada. No hay. Los antiguos escritores de diarios se esmeraban tanto en no dejar pasar hasta el más mínimo detalle para que las futuras lecturas evocaran los sentimientos más cercanos a los sentidos originalmente.

Si quisieramos repetir lo que los primitivos ensayistas epistolares, los usos del tiempo moderno simplemente nos darían un zape por insolentes.

¡Pero yo no quería sonar serio en esta entrada! Es que el día de hoy fue muy bueno. Amanecí de buenas, con el pie derecho pues. También creo que fue mi primer día de clases más relajado y lleno de algo que hace mucho no sentía. A pesar de todo.

Cada plática y charla del día de hoy me gustó. Con mis papás, con mis compañeros, con mis amigos, conmigo mismo. Hace unos días platicaba con Miriam y le dije había estado sintiendo y me dijo que quizá ya había encontrado cierta paz interior. Definitivamente no es un signo de conformidad, sino un estado de mayor compromiso, quiero hacer.

No puedo mirar mi facultad y su gente como lo hacía cuando ingresé en ella. No soy el mismo, ni la carrera es la misma. Además, con una analogía puede que lo explique mejor, después de unas cuantas entradas desafortunadas o menos vibrantes, surge una que redime y reune todas las anteriores. Para ser sinceros este escrito no resume ni hace sentir en nada mi sentimiento hacia este día y que no desaparece todavía. Tendría que hacerlo poesía, internarlo en otro mundo que hable de este mismo. Como en la cotidianidad de los días y sus minutos. Los hacemos trascendentes en nuestras vidas cuando las comedias quieren tragedia.

Pero ahora estoy cansado para decir tal cosa, como cuando un niño despué de haber corrido todo el santo día, con las manos sucias, las rodillas mugrosas y los cabellos alborotados, cae rendido en los brazos de sus padres.

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