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6 de febrero de 2007

Los recuerdos

Los recuerdos que Renata recolectaba en tal estado convertían las estaciones en minutos. Sólo algunos tienen la facultad de precisar con tanta exactitud tu mano derecha, los lunares que cruzan tu espalda o las hojas que caen de los árboles cuando el viento sopla así.

¿Qué son dos centímetros, una pulgada, el filo de una mortífera acera? ¿Cuál es la diferencia entre el caucho y la piedra, entre el algodón y la madera? Esto lo saben bien quienes duermen bajo los misteriosos azares de la probalilidad. Así Renata, el día que resbaló en el baño de su casa, jalando con ella las cortinas que ocultan los cuerpos cuando se lavan, aquel lejano 16 de febrero de 1989.

¿Qué le pasó al mundo que dejó Renata? ¿Qué importan las hipotecas, los planes de Europa, las caminatas hacia casa después de cualquier puesta en escena? El dolor ha sido dejado atrás, cautivo en el sueño diurno de los demás. Renata vive sus recuerdos cuantas veces quiere. Se acerca al salón donde conoció a Cristóbal, su futuro esposo. Camina, las ventanas nunca cerradas, siempre iluminadas, y aparece Santiago, su hermano persiguiendo a una niña, ¡cuidado con los jarrones! Cada día de su vida se representa cuantas veces quiere. Incluso la imagen más lejana de su infancia, el día que eructó en honor a su madre.

Un mal día una tormenta llegó al campo. Los pájaros habían anunciado aquellos vientos. La gente corría a los refugios, las montañas se partían, el río desbordado cobraba víctimas. Renata no podía hacer nada para impedirlo. Su imaginación no respondía a sus órdenes, su mente agrietaba otras heridas. De pronto, recordó otra vida.

En tal día, Cristóbal, ante la mayor desgracia, corrió por fin la cortina de su amiga. Ese día, volvió caminando a casa.

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