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13 de marzo de 2007

Minutos antes del ocaso

Se preguntará, amable lector, por qué al final de mi oficio de escritor decido escribir este libro consagrado a mis diversas facetas como autor. Considero un buen ejercicio y además un deleite rememorar un sin fin de anécdotas biográficas. Espero aclarar ciertas consideraciones acerca de mi obra.

Ahora bien. Algunos periodistas y críticos me han catalogado como un escritor de ocasos, apelando al hecho real, de acuerdo a su concepción, de que ninguno de mis personajes ha muerto en mis novelas. La noche no es alcanzada por mis ficticas criaturas. Si hablamos de muertes físicas que terminan con paredes cubieras de sangre o café y galletas para el sepelio, de acuerdo, mis novelas no finalizan con el rigor mortis.

Mis estimados lectores, sus consideraciones y cartas me han mostrado que mis intenciones literarias fueron al menos identificadas por ustedes. ¿Idealista, romántico, suave, pálido? Dejemos esas consideraciones para los grandes vendededores de almanaques y revistas de mode. Para algunos el dinero será siempre, la medidad de todas las cosas.

El bastión que con mi obra procuré construir, no es creación de un pequeño Dios, ni mucho menos la de un sublime arquitecto. Quien coloca los ladrillos para formar las piezas, no es más que el albañil, el mason de la torre onírica. Estadio de la inconsciencia. Hay colegas que trabajan bajo la preceptiva de ser en un principio, ingeniero o arquitecto. Pero sus manos no conocen la textura del ladrillo desgastado ni la fortaleza oblicua del cimiento de piedra. Dan su potestad al viento y encantados por el color, no atienden las fisuras vitrales en sus edificios endebles.

Por esto y por cierta presunción retórica, me he propuesto mencionar la muerte, única y exclusiva, de un personaje ficticio, ajeno a relato alguno. Podría decirse, por cierto, que es la escena de un fallecimiento impropio. El lector deberá excusarme por la obscenidad latente, en una escena sin atadura alguna con la psicología del personaje y sin el pleno conocimiento de causa.

Dostoievski es un maestro para describir el sufrimiento de sus personajes. Finalmente, cuando llega el supuesto "punto álgido" de la narración esto es, cuando es descubierto el crimen del asesino, por ejemplo, los narradores de Dostoievski o cualquier otro novelista del sustantivo imaginario, logran demostrar que la metáfora del dolor recide en sus consecuencias, que tal dolor puede infundir sabiduría o una letal e irrevocable descomposición de alma del personaje en cuestión. Pero todo ese entramado se descubre en el conjunto total del texto. El juicio, la entrega, el suicidio, la confesión, la catarsis, nos es contada en un simple párrafo.

Para dicha escena trágica, tomaré por batuta la imagen que permanece desde mi infancia, una manada de nubes que cruzan el cielo con tal rapidez y violenta complicidad con el viento, que los sombreros de todos los presentes parecían invitados también al cielo. Aquí va la escena:

"El señor Doulau, caminando por el mismo atajo donde años atrás habría de caer para así obtener la infantil cicatriz que lo acompañaría el resto de su vida, se detuvo para contemplar por definitiva vez el atardecer. Doulau, deleitado, reconoció que nadie jamás podría traducir la luz del ocaso sobre los cristales o acariciando con la sombra de las hojas de los árboles los muros de las casas, señales sagradas que se escurren a palabras firmes. Fue ésta la última alegre idea que Doulau no compartiría ya nunca con nadie más."

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