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29 de marzo de 2007

26 de marzo de 2007

El sueño de Adriana

El sueño de Adriana es cada vez más recurrente. Aparece caminando hacia la playa, con el cielo nublado y el mar que acarrea olas como si fuesen ovejas que saltan en un interminable insomnio de arena.

No es necesaria sombrilla o sandalia alguna en este terreno suspendido a la eternidad, caminar por este suelo fresco ahoga el calor que dejan sus huellas. Ropa alguna es necesaria en este embate de sales, la desnudez habilita las pasiones. Si el ambiente permite la frescura, Adriana en maculada disposición, atiende y afronta la recreación que las olas construyen, pecado que aún no es cometido. Adriana se acerca a la orilla con la angustia del vidente.

Debemos procurar que las cosas sucedan se dice, hundiendo la carne en los poros del agua, vals triste para los amantes de la luna. Hundiendo e hinchando las curvas que fraguan gratitudes de advenimiento. El mar también suda cuando corresponde a una mujer.

El agua es rincón de gemidos, lanza de crestas en pausada armonía, fruta que la virgen da en sacrificio, irritando los ojos en blancas partes que jadean orugas de bronce, molde para torrentes extraviados. Saciad vuestra lengua mar, saciad vuestra lengua océano de reyes. Acapara la expedición al precipicio con un dedo, y Adriana abre los ojos mientras mira el reloj despertador.

13 de marzo de 2007

Minutos antes del ocaso

Se preguntará, amable lector, por qué al final de mi oficio de escritor decido escribir este libro consagrado a mis diversas facetas como autor. Considero un buen ejercicio y además un deleite rememorar un sin fin de anécdotas biográficas. Espero aclarar ciertas consideraciones acerca de mi obra.

Ahora bien. Algunos periodistas y críticos me han catalogado como un escritor de ocasos, apelando al hecho real, de acuerdo a su concepción, de que ninguno de mis personajes ha muerto en mis novelas. La noche no es alcanzada por mis ficticas criaturas. Si hablamos de muertes físicas que terminan con paredes cubieras de sangre o café y galletas para el sepelio, de acuerdo, mis novelas no finalizan con el rigor mortis.

Mis estimados lectores, sus consideraciones y cartas me han mostrado que mis intenciones literarias fueron al menos identificadas por ustedes. ¿Idealista, romántico, suave, pálido? Dejemos esas consideraciones para los grandes vendededores de almanaques y revistas de mode. Para algunos el dinero será siempre, la medidad de todas las cosas.

El bastión que con mi obra procuré construir, no es creación de un pequeño Dios, ni mucho menos la de un sublime arquitecto. Quien coloca los ladrillos para formar las piezas, no es más que el albañil, el mason de la torre onírica. Estadio de la inconsciencia. Hay colegas que trabajan bajo la preceptiva de ser en un principio, ingeniero o arquitecto. Pero sus manos no conocen la textura del ladrillo desgastado ni la fortaleza oblicua del cimiento de piedra. Dan su potestad al viento y encantados por el color, no atienden las fisuras vitrales en sus edificios endebles.

Por esto y por cierta presunción retórica, me he propuesto mencionar la muerte, única y exclusiva, de un personaje ficticio, ajeno a relato alguno. Podría decirse, por cierto, que es la escena de un fallecimiento impropio. El lector deberá excusarme por la obscenidad latente, en una escena sin atadura alguna con la psicología del personaje y sin el pleno conocimiento de causa.

Dostoievski es un maestro para describir el sufrimiento de sus personajes. Finalmente, cuando llega el supuesto "punto álgido" de la narración esto es, cuando es descubierto el crimen del asesino, por ejemplo, los narradores de Dostoievski o cualquier otro novelista del sustantivo imaginario, logran demostrar que la metáfora del dolor recide en sus consecuencias, que tal dolor puede infundir sabiduría o una letal e irrevocable descomposición de alma del personaje en cuestión. Pero todo ese entramado se descubre en el conjunto total del texto. El juicio, la entrega, el suicidio, la confesión, la catarsis, nos es contada en un simple párrafo.

Para dicha escena trágica, tomaré por batuta la imagen que permanece desde mi infancia, una manada de nubes que cruzan el cielo con tal rapidez y violenta complicidad con el viento, que los sombreros de todos los presentes parecían invitados también al cielo. Aquí va la escena:

"El señor Doulau, caminando por el mismo atajo donde años atrás habría de caer para así obtener la infantil cicatriz que lo acompañaría el resto de su vida, se detuvo para contemplar por definitiva vez el atardecer. Doulau, deleitado, reconoció que nadie jamás podría traducir la luz del ocaso sobre los cristales o acariciando con la sombra de las hojas de los árboles los muros de las casas, señales sagradas que se escurren a palabras firmes. Fue ésta la última alegre idea que Doulau no compartiría ya nunca con nadie más."

9 de marzo de 2007

La pérdida y Mrs. Henderson Presents

Bueno, una de mis últimas travesuras con causa, ha sido llevar un cd de música al gimnasio con todo tipo de estilos y géneros. Canciones en francés, Le cours des jours; español, Te lo juro por Madonna; inglés, On your own; instrumentales, la-la-la; electrónica, punchis-punchis; viejitas, These boots are made for walking; etc. Claro, lo más importante es que tienen un ritmo tal que provoca moverse. El caso es que agregué la canción de Bebé,  Malo, y para quien conozca las letras de esta canción sabrá que es un tanto incendiaria, bastante apropiada educativa para muchos varones.

En fin. Ayer fui a ver al cineforo una película llamada La pérdida del director Thomas de Thier. Para mí, sería un ejemplo claro de la opera aperta que propone Eco. Además tiene una banda sonora musical extraordinaria compuesta por Sylvain Chauveau. También está en cartelera, espero que todavía, la película que Vero Des recomendó en su blog y no he visto aún: La vida secreta de las palabras. Vo' a verla.

Espero rentar, ir a ver o conseguir una buena comedia, muero por reírme a carcajadas, creo que la última película con un humor inteligente que vi en el cine fue Mrs. Henderson Presents, pero para ser francos también hay comedias más ligera que hacen reír como Los piratas del Caribe o Monty Python y el Santo Grial.
Un poquito de sabotaje cultural.

7 de marzo de 2007

Rito y rutina

He descubierto un cuento de Guy de Maupassant, titulado como la entrada de este post, que tiene por protagonista a un Pablo. Hay muchos Pablos dentro de la Literatura. Algunos con una clara referencia bíblica y otros por complicado azar.

Por otro lado, hay un cuento de Azorín que me recordó en demasía al célebre Continuidad de los parques de Julio Cortázar. Se llama El inquisidor. Lo he buscado por Internet pero no lo encuentro, sólo lo tengo fotocopiado en hojas antes blancas. Por cierto, esas copias las obtuve en Oviedo, en clase de Introducción a la literatura española del s. XX. No he visto algún estudio o mínimo ensayo que relacioné a estos dos escritores de la lengua castellana. Ya veremos.

Ahora bien, después de ese breve apartado académico, pasemos a lo que importa. Mandaré a hacer una camisa negra que diga "Jeune homme célibataire cherche" lo cuál no tendrá ningún efecto en el mundo, porque es más efectivo escribir algo como "Single and looking" o hasta un "Soltero, ¿y tú?" que es igual de ridícula. Por un lado, considero una notorio intertexto sacado de la vida real aquella frase de la película El hombre que amó a las mujeres que dice:
No sólo no quieres amar, sino que rechazas que se te ame. Crees que tú amas el amor, pero no es verdad, tú amas la idea del amor.

¿Cómo es posible que un acto tan grande, trascendental, armonioso, desgarradoramente humano, inquietantemente poderoso y sublime pueda comenzar por medio de un hola qué tal, ¿cómo te llamas? Y sin embargo hermanos, es así. O peor aún. Es lo que hace un día diferente a los demás. Como aquel que ahorra sus bienes conseguidos por medio del trabajo y esfuerzo, hasta que un buen día decide gastar un parte de lo obetenido hasta ese momento.

Rutina.(Del fr. routine, de route, ruta). 1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.

Rito.(Del lat. ritus). 1. m. Costumbre o ceremonia. 2. m. Conjunto de reglas establecidas para el culto y ceremonias religiosas.

Un rito tiene un significado que va más allá de lo cotidiano. La rutina es, por el contrario, mecánica. Ambas palabras poseen orígenes históricos diferentes. Sus raíces etimológicas son distintas. Para el rito hacemos nuestras preparaciones. Para la rutina no. Incluso, podría decir que el rito podría devenir en rutina, una vez que es visto sin significado. Pero lo sagrado es siempre una continua emancipación de lo latente. A veces, en formas y misterios que no comprendemos. Porque, ¿no merecen tantas y tantas manifestaciones ser celebradas?

5 de marzo de 2007

Mente sana en cuerpo sano

Cada vez que me acerco a este sitio virtual, en los últimos días, he intentado escribir un cuento que mucho tiene que ver con esta cuestión del Aqueronte de José Emilio Pacheco. No obstante, ya tengo varias días sin sembrar coles de realidad, venga la cosecha:

Bueno, no recuerdo si ya mencioné que terminé de leer Un mundo para Julius y gracias a este texto, tendré como parte de mis imprescindibles a Alfredo Bryce Echenique. Así pues, cumplí mi promesa de comenzar a leer a Marcel Proust y su Por el camino de Swann. Me estoy quedando absorto en cada página y veo la magnitud contemporánea que esta obra mantiene.

Tengo un muy buen plan para repasar todas las materias que tuve a lo largo de la carrera, cada día haré una entrada, quizá aquí, quizá en word, redactando un resumen de cada asignatura. Para esto tendré que releer mis apuntes, copias, libros y demás material obtenido en cada curso. Considero que es una buena estrategia mnemotécnica y académica para ganarle terreno al del olvido no me acuerdo.

Otras cosas más. Tengo poco de más de una semana yendo a hacer ejercicio a un gimnasio cerca de casa. Planeo estar ahí un año. ¿Por qué? Algo de historia:
En la antigua Grecia el gimnasio era el local destinado a ejercitar tanto las facultades físicas, desarrollando la fuerza y la agilidad, como las morales, cultivando la inteligencia.
En un principio, el gimnasio sólo consistía en un terreno cercado o cerrado cuyo interior se dividía en zonas para los diferentes ejercicios. Así era el antiguo de Elis según lo describe Pausanias, constituyendo por su forma una sencilla ágora.

Posteriormente, a medida que la arquitectura se desarrollaba se transformaron dichos locales. Se construyeron con elegancia, sus puertas y paredes se cubrieron de pinturas y entonces, comenzaron a servir a demás de para los ejercicios corporales para los intelectuales pues allí se reunían los filósofos, retóricos y literatos citando a sus discípulos y dándoles conferencias sobre temas literarios y científicos. Comprendían entonces los gimnasios salas cubiertas, paseos en sombra, galerías, pórticos, columnatas, baños y cuanto el refinamiento del gusto podía exigir para aquella concurrencia.

Todas las ciudades de Grecia de alguna importancia tenían su gimnasio situado a las afueras y junto a algún bosque por lo general. Atenas poseía tres gimnasios. La Academia, que en su origen fue un terreno pantanoso de la Cerámica. El Liceo, al que se llegaba después de atravesar el Iliso. El Cinosargo, situado en la colina de igual nombre.

Como ves, no estoy nada perdido.

3 de marzo de 2007

Aqueronte

José Emilio Pacheco

Son las cinco de la tarde, la lluvia ha cesado, bajo la húmeda luz el domingo parece momentáneamente vacío. La muchacha entra en el café. La observan dos parejas de edad madura, un padre con cuatro niños pequeños. Atraviesa rápida y tímidamente el salón, toma asiento en el extremo izquierdo.

Por un instante se ve nada más la silueta a contraluz del brillo solar en los ventanales. Se aproxima el mesero, ella pide una limonada, saca un block de taquigrafía, comienza a escribir algo en sus páginas. De un altavoz se desprende música gastada, música de fondo que no ahogue las conversaciones (pero ocurre que no hay conversaciones).

El mesero sirve la limonada, ella da las gracias, echa un poco de azúcar en el vaso alargado y la disuelve haciendo girar la cucharilla de metal. Prueba el refresco agridulce, vuelve a concentrarse en lo que escribe con un bolígrafo de tinta roja. ¿Una carta, un poema, una tarea escolar, un diario, un cuento? Imposible saberlo, como imposible saber por qué está sola ni tiene a dónde ir en plena tarde de domingo. Podría carecer también de edad: lo mismo catorce que dieciocho o veinte años. Hay algo que la vuelve excepcionalmente atractiva, la armoniosa fragilidad de su cuerpo, el largo pelo castaño, los ojos tenuemente rasgados. O un aire de inocencia y desamparo a la pesadumbre de quien tiene un secreto.

Un joven de su misma edad o ligeramente mayor se sienta en un lugar de la terraza, aislada del salón por un ventanal. Llama al mesero y ordena un café. Luego observa el interior. Su mirada recorre sitios vacíos, grupos silenciosos, hasta fijarse por un instante en la muchacha.

Al sentirse observada alza la vista, la retrae, vuelve a ocuparse en la escritura. Ya casi ha oscurecido. El interior flota en la antepenumbra hasta que encienden la luz hiriente de gas neón. La grisura se disuelve en una claridad diurna ficticia.

Ella levanta nuevamente los ojos. Sus miradas se encuentran. Agita la cucharilla, el azúcar asentado en el fondo se licua en el agua de limón. Él prueba el café demasiado caliente, en seguida se vuelve hacia la muchacha. Sonríe al ver que ella lo mira y luego baja la cabeza. Este mostrarse y ocultarse, este juego que los divierte y exalta se repite con variantes levísimas durante un cuarto de hora, veinte, veintico minutos. Hasta que al fin la mira abiertamente y sonríe una vez más. Ella aún trata de esconderse, disimular el miedo, el deseo o el misterio que impide el natural acercamiento.

El cristal refleja, copia furtivamente sus actos, los duplica sin relieve ni hondura. La lluvia se desata de nuevo, ráfagas de aire llevan el agua a la terraza, humedecen la ropa del muchacho que da muestras de inquietud y ganas de marcharse.

Entonces ella desprende una hoja del block, escribe ansiosamente unas líneas mirando a veces hacia a él. Golpea el vaso con la cuchara. El mesero se acerca, oye lo que dice la muchacha, y retrocede, gesticula, da una contestación indignada, se retira con altivez.

Los gritos del mesero han llamado la atención de todos los persentes. La muchacha enrojece y no sabe cómo ocultarse. El joven contempla paralizado la escena que no pudo imaginar porque el lógico desenlace era otro. Antes que él pueda intervenir, sobreponerse a la timidez que lo agobia cuando se encuentra públicamente a solas sin el apoyo, sin el estímulo, sin la mirada crítica de sus amigos, la muchacha se levanta, deja un billete sobre la mesa y sale del café.

Él la ve salir sin intentar ningún movimiento, reacciona, toca en el ventanal para pedir la cuenta. El mesero que se negó a trasmitir el mensaje va hacia la caja registradora. El joven aguarda angustiosamente dos, tres minutos, recibe la nota, paga, sale al mundo del anochecer en el que oscurece la lluvia. En la esquina donde se bifurcan las calles, mira hacia todas partes bajo el domingo de la honda ciudad que ocultará por siempre a la muchacha.

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