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7 de enero de 2008

Apuntes breves sobre el homo sentimentalis

Muy bien dicho, Schlosser: se ama
lo propio; y si no se tiene
se apetece. El alma rica
ama, la pobre apetece.
F. Schiller

El destino debe estar sonriendo al ponerme dos libros que se contraponen hasta cierto punto y al mismo tiempo entreven a la sociedad europea del siglo XIX y XX, respectivamente. Estos dos libros son El rojo y el negro de Stendhal y La inmortalidad de Milan Kundera. El primero, precursor del realismo francés con tendecia romántica. El segundo, ¿qué es? Un crítico del aislamiento del ser humano contemporáneo, mezclado con un sentido del humor hiperreal al igual que melancólico.

Juan Sorel, el personaje principal de Stendhal, bien se puede comparar con el personaje Rubens de Kundera. En ellos podemos analizar la tesis que el escritor checo realiza sobre el homo sentimentalis. El hombre actual ama la idea del amor. Dice Kundera:

El homo sentimentalis no puede ser definido como un hombre que siente (porque todos sentimos), sino como un hombre que ha hecho un valor el sentimiento. A partir del momento en que el sentimiento se considera un valor, todo el mundo quiere sentir; y como a todos nos gusta jactarnos de nuestros valores, tenemos tendencia a mostrar nuestros sentimientos.

Y este sentimiento es casi indiferente al ser "amado". Porque si alguien siembra el amor en el corazón de otro, entonces en su corazón va creciendo el amor por ese alguien, "un amor inimitable, irreemplazable, destinado a quien lo sembró, a quien es amado y, por lo tanto, inencarnable. Un amor así puede ser definido como una relación: una relación privilegiada entre dos personas".

Pero el homo sentimentalis denomina "amor verdadero", no a un amor-relación, sino a un amor-sentimiento; "un fuego encendido por una mano celestial en el alma del hombre". Un amor así no sabe lo que es la infidelidad, porque, aunque cambie el objeto del amor, el amor en sí sigue siendo siempre la misma llama encendida por la misma mano celestial.

El homo sentimentalis imita el amor-sentimiento a placer. Al igual que un actor que sube al escenario frente todos los espectadores, genera la tristeza de un hombre abandonado y traicionado, por ejemplo. Y esto no quiere decir que él realmente no sienta esa tristeza. Pero nos deja pasmados porque acto seguido que termina la función, el actor vuelve a una inexplicable indiferencia.

Asi pues, ¿a cuántos y cuántas no encontramos en la vida cotidiana que se hacen llamar enamoradiz@s? ¿No es realmente la idea del amor y no la persona en sí en la que se siembra este amor inintercambiable? Agrega Kundera que Cervantes fue quien con mayor agudeza desenmascaró al homo sentimentalis. DonQuijote decide amar a cierta muchacha, llamada Dulcinea, a pesar de que casi no la conoce (lo cual no le sorprende a Kundera, porque cuando se trata del "amor verdadero", el amado importa poquísimo).

El sentimiento nace en nosotros sin la intervención de nuestra voluntad, frecuentemente contra nuestra voluntad. En cuanto queremos sentir (decidimos sentir, de la misma manera que hace Don Quijote con Dulcinea) el sentimiento ya no es un sentimiento genuino, sino una imitación, su exhibición. A lo que señala Milan Kundera, se le denomia histeria y es por esto que el homo sentimentalis es lo mismo que el homo hystericus.

Comparando con Platón, éste dice que los caminos para llegar a conocer el bien son los siguientes:

* El grado más bajo en la escala del amor es el amor físico, que es el deseo de poseer el cuerpo bello con objeto de engendrar, en lo bello, otro cuerpo. Este amor físico ya es deseo de inmortalidad y de eternidad, "porque la generación, aunque sea una criatura mortal, es perennidad e inmortalidad".

* El amor espiritual. Posteriormente está el grado de los amantes que son fecundos no en sus cuerpos sino en sus almas, portadores de una simiente que nace y crece en la dimensión del espíritu. Entre los amantes pertenecientes a la dimensión del espíritu se hallan, en una escala progresivamente más elevada, los amantes de las almas, los amantes de las artes, los amantes de la justicia y de las leyes, los amantes de las ciencias puras.

* Finalmente, en la culminación de la escala del amor, se halla la visión fulgurante de la idea de lo Bello en sí, de lo absoluto.

Habría que ver pues, quién enciende el fuego de la belleza.

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