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21 de agosto de 2008

Embriaguez de lo mínimo

Lo que queda es tu olor
en mi almohada
como tatuaje temporal
de mis sueños

Lo que queda es tu rostro
como huella asaltada
por mis manos, recorrido
suave en el jardín de la noche

Lo que queda es tu retrato
sobre una vela infame,
finita, raída por su
consumación de vanguardia

Lo que quedan son tus
cicatrices que beso
en cascadas, a tientas
de ceguera y gruta

Lo que doy es un amparo
al taller de tus tristezas
a las ramas que anclan
al cielo su saliva
y llora la savia declarada
en los Derechos Humanos
como una exquisita belleza
para los inculpados sin culpa

Lo que queda siempre
es la libertad para hacer
las cosas o no

Para deshacerlas
Para mantenerlas
Para tomarlas de la mano
Para admitirlas imperfectas

Entonces, las cosas,
se arrastran por las nubes
de nuestro cuerpo inmóvil
que espera, que late,
que late, que espera
no quemarse en el sol
cada vez que lo toca
-¡cómo quema!-

¿Qué queda en las manos?
La turbia razón humana,
tan podrida que reverdece

Lo que queda es entonación
de la digestión de las olas
que rompen en la cama

Somos los niños que rezan
su oración nocturna,
su esperanza callejera,
somos los niños que quedan
abriendo los cajones
de la desproporción entre
la salvación por beso o
la destrucción por vacío total

Por eso amo lo que queda,
lo que aún no para,
seguir amando o
seguir persiguiendo
en una inobjetable
embriaguez de lo mínimo

De lo esencial.

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