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2 de febrero de 2016

Demórate

Soy el cangrejo,
el zig-zag de la arena,
sueño estrellas
y una luna en el coche.
Soy la bestia donde
convergen el mar y la tierra,
caparazón de oro,
alma de poeta,
proteger es mi naturaleza
incluso de mi propia
sensibilidad,
el mar golpea.
Aunque no seas armadillo,
cangrejo o tortuga,
algo sabes de caparazones,
torres y castillos adentro,
la casa en la espalda,
el viaje del guerrero,
un universo ahí...
Pero la luz, afuera, llama.

La ciudad de tu mente sigue
ritos ancestrales: invoca dioses,
análiza oráculos, invita a batallas
donde es regla que el corazón
salga más fuerte luego
de su derrota. Necesario
era que muchas veces perdieras.
De derrota en derrota
hemos avanzado
para tener esta victoria,
este clamor de gladiadores,
nuestros puños cerrados
merecen abrirse como flores,
como puertas escuchando:
abracadabra.

Un camino nos espera,
quizás una sinfonía de jardines
o una revolución de compasiones,
cada sonido lleva su eco.
Cada plegaria tiene su respuesta.
No hay atajos para los caminos largos.
Avancemos pues, mira como
la ciudad de mi mente construye
este poema de amor,
esta declaración pendiente
de que mi alma toca a tu puerta.

Julio-Septiembre.
Agosto nos separaba,
pero también nos unía,
lo usamos como puente,
como cuerda, como pincel
y faro, como mesabarco
en medio del encuentro
del océano con el continente.
Quizás ya habíamos pisado
los mismos bares o clichés,
cruzando miradas en un accidental
roce de transeúntes que caminan
sin mirar, hasta que la ciudad
de tu mente ancló en la mía,
con fuerza y viento y ternura,
tumbando miedos y moviendo
murciélagos, avivando cenizas.
No es que la felicidad
no existiera en esta isla,
mi sonrisa suda de tanto trabajar,
pero este tipo de alegría
compartida,
solo se practica entre dos.
Y así, desembarcaste.

Nunca lo dijo así Frida,
pero así lo supuso:
"Donde puedas amar, demórate".
Demórate. Toma tu reloj
como quien se toma el pulso
y se toma el tiempo,
como quien toma aviones
y viaja por el mundo
cogiendo ilusiones,
como quien toma un abrigo
con los ojos abiertos en la oscuridad
y solo así puede verlo todo.
Toma cada milímetro de tus dolores
y abrázalos como el Sol abrasa
la Tierra: la clorofila es el semen
de amor galáctico en cada planta
que nos rodea, demorándose.

Demórate, amor, atrévete.
Cruza el Atlántico,
una vez, dos, milcincuenta veces,
ven y demórate en esta ciudad
que escondió sus ríos,
los hizo venas o quizás neuronas,
esas con las que sueñas
a esa niña que soñaba en la mujer
que ahora la sueña. Ella, ella... tú.
Demórate, mi amor, si esa es la forma
para que tu corazón comprenda,
las mariposas vuelen,
tu sed se apague,
las raíces prendan,
las ciudades rían,
y tu boca jamás calle.
Demórate, mi amor.
Mira el pozo de los deseos
donde tu voluntad vale todos
los tesoros de tu calma.
Demórate tanto,
hasta congelar el tiempo,
para volverlo a derretir
como los icebergs se derriten
iluminados por nuestra ecuación:
1 + 1 = 1

Pablo Gómez

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