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29 de noviembre de 2018

El hombre y sus entes

De acuerdo con un conocido mito mexica, para crear a la humanidad actual Quetzalcoatl o Xolotl, según las versiones, descendió al inframundo para recuperar los huesos y/o las cenizas de los hombres de épocas anteriores y llevarlos a Quilaztli de Tamoanchan, la diosa arquetípica de la maternidad. Esta última deidad muele los huesos o cenizas en un mortero y Quetzalcoatl, o Xolotl, vierte la sangre de su miembro viril sobre ellos. De tal mezcla surgen el primer hombre y la primera mujer (Leyenda de los soles: 1945, 121; Anales de Cuauhtitlan: 1945, 5; Torquemada: 1986, ii, 7; Mendieta: 1980, 78). Así, el hombre aparece como un ser nacido de la unión de dos elementos de naturaleza distinta; una divina y la otra terrestre o infraterrestre. Tal como señala López Austin (1994, 36; cf: vi, 31), “este mito hace de Quetzalcoatl no sólo el creador del hombre, sino el dios que da origen a cada uno de los individuos. Así se le decía a la joven preñada cuando el orador se refería a su preñez: —por ventura es verdad que nuestro señor Quetzalcoatl, que es criador y hacedor, os ha hecho esta merced”. 

DR © 2016. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas Disponible en: www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/el/nahualismo.html

29 de octubre de 2018

La vida secreta de José José

José José nació el 19 de octubre de 1919 en Bora Bora, en el Pacífico, aunque pronto se mudaría a la ciudad de Zacatecas, Zacatecas. Su papá era un hombre de negocios que constantemente cambiaba de sitio.

José José tuvo varias complicaciones de bebé, ya que su mamá no podía darle chichi, además de que él no hacía pipí ni popó, por lo que le recomendaron darle leche Lala para sobrevivir. Sin embargo, sería el agua de coco lo que salvaría su vida al estimular la baba. Su primera palabra fue dadá.

Aunque decían que era algo bobo de niño, José José era muy astuto. Jugaba al hula-hula, al yoyo, al tuntún y le encantaba escuchar a Santa Clos reír en Navidad... jojojo. Su equipo favorito no fue uno mexicano, sino que era el Colo Colo de Chile, ya que su madre era chilena, la señora Lili Lee, siempre coreaba en cada mundial: ¡Chi, chi, chi, le, le, le..., viva Chile! No obstante, José José no perdía su raíz mexicana.

Desde muy muy pequeño José José comenzó a trabajar. Primero lo hizo como viene-viene en su ciudad natal, pero pronto se mudarían a causa del constante chipichipo que entorpecía los negocios de su padre. Se fueron a Campeche, Campeche, ciudad próxima a Cuba. Esta situación provocó algo que cambiaría su vida. En un viaje corto a Santiago de Cuba, Cuba escuchó la canción "Chan-chan" de Buena Vista Social Club, a lo cual decidió que sería un cantante.

En un viaje a París, al ver una show de can can, conoció a su futura esposa, Mme. Lulu Gaga, a la cual no hay que confundir con la actual cantante pop. Su mejor amigo en esa época, Durán Durán, viajaba con él y le diría al respecto: "¡Es un bombón". Tres meses después se casarían. Con ella tuvo una hija y dos hijos: Joseph José, Junior y Ana.

Una vez terminada su carrera artística, José José tuvo una vida menos fifi. Un ejemplo es su vida cinéfila. Se sintió muy decepcionado con las nuevas pelícuas de Star Wars, principalmente con el personaje de Jar Jar Bings. "Se repite constantemente", murmuraba.

Se dice que ahora es chofer de Didi.

Bye bye.

9 de agosto de 2018

28 de junio de 2018

Mi cuento favorito del mundo

RAISSA
Italo Calvino

No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las manos, maldice a los niños que lloran, se apoya en los muros del río con las sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se pincha con la aguja, o en las hileras de números torcidas de los negociantes y los banqueros, o delante de las filas de vasos sobre la barra de las cantinas, menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas amenzantes. Dentro de las casas es peor, y no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos rotos.

Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana ríe a un perro que ha saltado sobre una marquesina para morder un pedazo de tortilla que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Cariño mío, déjame probarte!— a una joven hostelera que levanta un plato de caldo de res bajo la pérgola, contenta de servirlo al vendedor de paraguas que celebra un buen negocio: una sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último arbusto, feliz él pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín, pájaro feliz por haber sido liberado de una jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel libro en que el filósofo dice: —También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe.

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